Manuel Lluberas
Senior Consultant specializing in mosquito population management program design
5 de Mayo de 2025
Las enfermedades de transmisión vectorial reclaman la vida de cientos de miles de personas anualmente, dejan a millones más con discapacidades y afectan la economía de continentes enteros. Sin embargo, suelen recibir menos atención estructural que muchas otras enfermedades con morbilidad, mortalidad e impacto económico similares o incluso menores. Una de las primordiales razones para este desequilibrio es que se siguen considerando principalmente problemas médicos, en lugar de problemas ecológicos. Estas enfermedades son únicas en salud pública porque involucran a un tercer participante: el vector. Enfermedades como la malaria, fiebre amarilla, dengue, Zika, Chikunguña, peste, fiebre hemorrágica de Congo-Crimea, y el tifo, entre otras, no se transmiten de persona a persona directamente; dependen de mosquitos, garrapatas, piojos o algún otro artrópodo hematófago para propagarse. Esto las convierte en enfermedades tanto ecológicas como biológicas. Sin embargo, la respuesta de las autoridades de salud continúa siendo dominada por la lógica médica: diagnostica, trata y repite, en lugar de una ecológica.
Las enfermedades transmitidas por vectores son problemas ambientales, moldeados por la lluvia, la temperatura, la planificación urbana y el comportamiento humano. Abordarlas requiere un enfoque que vaya mucho más allá del consultorio médico. El problema no es que el tratamiento no sea importante. Lo es. Una vez que alguien contrae una enfermedad vectorial, la atención médica rápida y precisa es fundamental. Pero para cuando se necesita tratamiento, ya se ha perdido la oportunidad de prevenirla. Cadenas enteras de transmisión pueden estar en marcha. Y el vector que infectó a esa persona probablemente ya haya infectado a varias más. Sin embargo, la mayoría de los programas de control vectorial están dirigidos por médicos. Aunque los médicos son esenciales para tratar la enfermedad, su formación rara vez abarca los complejos ciclos de vida de los vectores o los sistemas ambientales de los cuales dependen.
El control vectorial requiere planificación sistémica con visión hacia el futuro: monitoreo de cambios ambientales, anticipación de brotes y diseño entornos que dificulten la transmisión de enfermedades, no solo tratar sus consecuencias. La supresión de vectores funciona interrumpiendo la cadena de transmisión antes de que comience. Ya sea mediante el manejo de criaderos larvarios, la modificación del hábitat, el uso de insecticidas o estrategias genéticas como la técnica del insecto estéril, el objetivo es reducir la densidad de vectores que interactúa con los humanos. Suprimirla hace que la transmisión se vuelva más difícil, y que cada picadura tenga menos probabilidades de resultar en infección.
Esto no es teórico. Las zonas que han implementado bien la supresión han visto caídas dramáticas en la incidencia de enfermedades. Cuando Sudamérica eliminó el Aedes aegypti de grandes ciudades a mediados del Siglo XX, el dengue y la fiebre amarilla desaparecieron por décadas. Cuando Sri Lanka intensificó el control vectorial durante su campaña de eliminación de la malaria, los casos cayeron mucho antes de que existiera una vacuna.
Aun así, la supresión de poblaciones de vectores rara vez recibe atención. Tratar la condición es más visible, más fácil de cuantificar y encaja mejor en los modelos existentes de atención sanitaria. Un paciente tratado puede ser registrado, codificado y facturado. Pero un criadero eliminado o una densidad vectorial reducida son más difíciles de traducir a un indicador que encaje en los tableros tradicionales de la medicina.
Y justamente por eso es por lo que la dirección de los programas anti vectoriales tiene que cambiar. Los entomólogos de salud pública están capacitados para medir lo que realmente importa en la supresión. Pueden identificar señales de alerta temprana, adaptar estrategias al comportamiento vectorial e implementar intervenciones mucho antes de que los pacientes lleguen a las clínicas o salas de urgencia. Sin embargo, la mayoría de los programas siguen en manos de médicos—expertos en biología humana, pero no en ecología de mosquitos. Esto no es una crítica a los médicos; su papel es fundamental en la atención clínica. Pero la naturaleza ecológica de estas enfermedades exige otro tipo de liderazgo. Un pensador sistémico. Un estratega de la prevención. Un entomólogo de salud pública.
Colocar la supresión de vectores al centro del control vectorial no solo es más inteligente, es más sostenible. Salva vidas, previene el sufrimiento y reduce la presión sobre los sistemas de salud y la economía de las comunidades. Cambia la lucha del hospital al campo—donde realmente pertenece.
Si hablamos en serio sobre reducir la carga de las enfermedades transmitidas por vectores, debemos elevar la supresión al mismo nivel que el tratamiento—y empoderar a los profesionales mejor capacitados para liderarla.